jueves, 24 de septiembre de 2026

Dismorfofobia


De pronto, una joven aparentemente normal comienza a pasar horas frente al espejo, examinando una diminuta cicatriz en su mentón, imperceptible para todos menos para ella, pero fundamental hasta el punto de hacer que su autoaceptación y su vida entera giren en torno a ella. Deja su empleo y se aísla, convencida de que su rostro provoca repulsión.

La dismorfofobia es una prisión mental en la que una percepción distorsionada eclipsa la realidad y termina tiñendo el mundo entero. 

La persona puede llegar a corregir aquello que considera un defecto, pero es muy probable que, posteriormente, encuentre otro en el que vuelva a concentrar su obsesión.

jueves, 9 de julio de 2026

Factores sociales en la prevención del suicidio.


El bar está casi vacío. Desde la ventana se ve la plaza, donde algunos niños juegan mientras cae la tarde. Diego llevaba días insistiendo para que Roberto saliera de la casa, y finalmente logró convencerlo de ir a compartir algo en el antiguo espacio que frecuentaban.

—Diego: Menos mal viniste. Ya pensaba que me ibas a dejar plantado otra vez.

—Roberto: La verdad... estuve a punto. No he tenido ganas de salir ni de ver a nadie.

—Diego: ¿No lo has pasado bien? ¿Qué ha estado pasando?

—Roberto: No sé... llevo meses sin trabajo, desde el episodio de acoso laboral por el que perdí el último. He debido recurrir a préstamos y ayuda para cubrir los gastos del día a día, siento que ya no encajo en ninguna parte. Me cuesta levantarme, tengo que hacerlo, pero lo hago sin ganas. A veces pienso que sería más fácil desaparecer... 

Diego deja los cubiertos sobre la mesa y lo mira con atención.

—Diego: Gracias por contarme. Me preocupa escucharte hablar así. Sabes, somos amigos y ya tiempo me parece que estás muy lejano. 

—Roberto: Hace unos días empecé a ordenar mis cosas. Recuerdas mi colección de animes favorita, te la quiero regalar.

Diego guarda silencio unos segundos antes de responder.

Cada año, cientos de personas fallecen por suicidio en Chile, lo que refuerza la importancia de reconocer las señales de alerta y promover la prevención, especialmente en adolescentes y personas mayores. Cambios bruscos en el estado de ánimo, aislamiento social, desesperanza persistente, hablar sobre querer morir o sentir que se es una carga, regalar pertenencias valiosas y despedirse de seres queridos son signos que requieren atención. 

Entre los jóvenes, la impulsividad y las crisis emocionales pueden aumentar el riesgo. En las personas mayores, la soledad, las enfermedades crónicas y las pérdidas significativas son factores que también requieren una detección y apoyo oportunos.

Si bien el suicidio es un fenómeno complejo y multifactorial, las condiciones sociales y económicas pueden aumentar la vulnerabilidad de algunas personas. La cesantía, la pobreza, la inseguridad económica, la disminución de las redes y ayudas sociales, la competencia laboral exacerbada, así como el abuso, el acoso y el maltrato en el trabajo, pueden generar un elevado nivel de estrés, desesperanza y sensación de falta de alternativas, especialmente la ausencia de apoyo social.

Reconocer el impacto de estos determinantes permite comprender que la prevención del suicidio también requiere fortalecer las condiciones de vida, la protección social y los entornos laborales saludables.

La amistad, el buen trato, la interacción social y los espacios de ocio compartido pueden convertirse en importantes factores protectores frente al riesgo de suicidio. Una invitación a conversar, salir a caminar, compartir una comida o simplemente acompañar a alguien puede marcar una diferencia significativa, especialmente cuando la persona se ha aislado o atraviesa una crisis vital o emocional. Estos gestos pueden abrir una puerta para que quien está sufriendo se sienta escuchado, comprendido y dispuesto a aceptar apoyo. Generalmente el primer paso hacia la recuperación comienza con alguien que decide estar presente.

Psicólogo J. Abraham Salazar Correa 
www.suterapia.cl 


martes, 7 de julio de 2026

Un silencio incómodo en Chile

En 2019 las calles fueron escenario de una inmensa movilización social. La denominada revuelta popular se configuró como un grito colectivo que sacudió al país entero. Hoy, en contraste, reina un silencio inquietante. ¿Se apagó el malestar? Probablemente no. Al parecer lo que cambió no es lo que sentimos, sino cómo lo expresamos.

Las encuestas muestran que vivimos uno de los momentos de mayor tensión desde el retorno a la democracia. Sin embargo, las avenidas están vacías. El desempleo, los escándalos políticos, la corrupción y las alzas de precios ya no logran movilizar multitudes. El malestar sigue ahí, pero se esconde bajo la superficie, se transforma en ansiedad, desesperanza, agresión, delincuencia y cinismo.

La salud mental de los chilenos está en riesgo. El estallido dejó heridas abiertas, y la pandemia profundizó ese desgaste emocional. Lo que antes se gritaba en la calle hoy se sufre en silencio, en la consulta psicológica o, peor aún, se canaliza en conductas destructivas e indeseables para la mayoría de la población.

Al parecer, no es que a los chilenos ya no nos importe. Es que muchos dudamos de que expresarlo sirva para algo. Así surge una sensación peligrosa: la impotencia, la creencia de que nada cambia el resultado. Y cuando una sociedad deja de confiar en que el cambio es posible, la esperanza se erosiona poco a poco, casi sin ruido, pero dramáticamente.

Este fenómeno no es solo político: es profundamente psicológico. Porque cuando la confianza y la esperanza se quiebran, lo que se resiente no es únicamente la democracia, sino también la motivación, la salud mental de millones de personas.

La gran pregunta sigue abierta: ¿cómo se reconstruye la esperanza colectiva? ¿Qué necesita una sociedad para volver a creer que sus acciones tienen sentido?

Chile vive un silencio que duele. Y ese dolor, si no encuentra una salida, puede convertirse en la herida más profunda de todas: la pérdida del deseo de mejorar en el futuro.

Psicólogo J. Abraham Salazar Correa
www.suterapia.cl 

viernes, 26 de junio de 2026

La Psicología del Poder, el Dinero y el Engaño Político


Seguramente la mayoría de los chilenos nos hemos preguntado qué pasa realmente por la mente de nuestros líderes políticos y de sus asesores más cercanos. Sus decisiones tienen el poder de afectarnos a todos, de impactar profundamente la vida de millones de personas. Una vez que esa pregunta empieza a rondar tu cabeza, no se va fácilmente. Y lo que encontramos cuando la respondemos con honestidad es profundamente revelador.

Para entender la política moderna en Chile necesitamos algo que nos cuesta mucho: desprendernos del romanticismo. Ver con claridad, sin el filtro de lo que queremos creer. Cuando logramos hacerlo, aparece un patrón que lo explica casi todo: la relación entre el poder y el dinero.

En la mente del político, del legislador, del juez y del fiscal que opera dentro de este sistema, el poder y el dinero no son metas aisladas. Son las dos caras de una misma moneda que se retroalimentan sin descanso. Cada uno ocupa un rol distinto, pero todos comparten el mismo interés: preservar el acceso a las esferas de influencia, privilegio y riqueza que sus cargos les otorgan. El político diseña las reglas; el legislador las aprueba; el juez las interpreta; el fiscal decide a quién perseguir y a quién ignorar. Juntos conforman un ecosistema donde el control del Estado abre automáticamente las puertas a los favores económicos, las redes de influencia y la perpetuación del poder. Uno no existe sin el otro. Nunca.

Esta dinámica no es casual: es un sistema consolidado y rígido. El beneficio mutuo se convierte en la verdadera prioridad, desplazando el bienestar de todos nosotros a un lugar irrelevante —si es que alguna vez estuvo en la lista, con excepción de las promesas de campaña electoral. La gestión pública, la labor legislativa y la función judicial dejan así de ser servicios a las personas y se transforman en negocios de alta rentabilidad. Nosotros, los ciudadanos, terminamos siendo el cliente permanentemente engañado.

Cuando este sistema miente, no lo hace por descuido ni por un error de comunicación. Detrás de cada promesa rota, de cada ley conveniente y de cada causa archivada hay un diseño, un sistema que se perpetúa y profundiza. Políticos, asesores, legisladores, jueces y fiscales estudian nuestras debilidades emocionales, nuestros miedos y nuestras esperanzas con una precisión sorprendente. Saben exactamente qué fibra tocar para desviar nuestra atención y mantenernos enredados en cuestiones superficiales, debates estériles o en la interminable danza de culpas y ataques cruzados. Nos venden narrativas de salvación mientras, tras bambalinas, consolidan su posición y su dinero. No es incompetencia. Es estrategia.

Pero el relato y la manipulación emocional no siempre son suficientes. Cuando la ciudadanía despierta y las preguntas incómodas se vuelven demasiado ruidosas, el sistema activa sus mecanismos de defensa más duros. Y aquí es donde la complicidad entre sus distintos actores se vuelve más evidente y más peligrosa.

La justicia, que debería ser ciega e independiente, con frecuencia termina siendo selectiva. Jueces y fiscales pueden convertirse en piezas clave del engranaje: persiguiendo a quienes incomodan al poder, archivando causas que comprometen a sus aliados, dilatando procesos durante años hasta que el interés público se disipa. Los legisladores, por su parte, diseñan y modifican las leyes con una flexibilidad que resulta sospechosa: endurecen las normas cuando conviene disciplinar a la ciudadanía y las suavizan cuando se trata de proteger a quienes forman parte del sistema. No es necesario condenar a nadie para destruirlo; basta con mantenerlo bajo investigación indefinida, expuesto al escarnio público y al agotamiento económico. El poder penal, en manos de este ecosistema, no busca justicia. Busca silencio.

A esto se suman las regulaciones arbitrarias, ese laberinto burocrático que el poder diseña y rediseña según su conveniencia. Permisos que se otorgan o se niegan según la lealtad política, normativas que asfixian a quienes cuestionan y se flexibilizan para quienes colaboran, fiscalizaciones que aparecen o desaparecen dependiendo de a quién se investiga. La regulación deja de ser una herramienta de orden social y se convierte en un arma de disciplinamiento selectivo. El mensaje implícito es siempre el mismo: quien no juega según las reglas del sistema, paga las consecuencias.

Y cuando todo lo anterior falla, cuando el relato se agota y la regulación no alcanza, aparece la fuerza. Las Fuerzas del Orden, que deberían proteger a los ciudadanos, pueden ser desplegadas para proteger al sistema. Lo vimos con dolorosa claridad en el estallido social de 2019: mientras unos exigían dignidad en las calles, el aparato del Estado respondió con una violencia que dejó cientos de personas con lesiones graves, heridos y detenidos. La fuerza no se usó para restablecer el orden. Se usó para recordarnos quién manda.

Este triángulo —justicia selectiva, regulación arbitraria y fuerza— es el escudo invisible detrás del cual el poder y el dinero operan con relativa tranquilidad. No es un fenómeno exclusivamente chileno, pero en Chile tiene nombres, fechas y víctimas concretas que no deberíamos olvidar.

La buena noticia es que existe una salida, y está al alcance de todos. En el momento en que dejamos de escuchar los discursos políticos desde la emoción que nos generan y empezamos a preguntarnos "¿quién gana poder y quién gana dinero con esto?", el truco de magia se rompe. Así de simple. Así de poderoso.

La próxima vez que escuches una verdad a medias, una promesa deslumbrante o una persecución judicial que huele a conveniencia, recuerda que no estás ante líderes despistados ni jueces independientes actuando en solitario. Estás frente a un sistema perfectamente calculador que sabe exactamente cómo persuadirte, cómo regularte y, si es necesario, cómo someterte. No hay ingenuidad ahí —hay cálculo. Y reconocerlo no es volverse cínico. Es, hoy más que nunca, el acto más inteligente y valiente que podemos hacer como sociedad.


Psicólogo J. Abraham Salazar Correa
www.suterapia.cl


jueves, 25 de junio de 2026

La Ansiedad: hipersensibilidad persistente y compleja.


Imagina que llegas a casa y la alarma de incendios empieza a sonar sin parar. Revisas la cocina, miras los enchufes, buscas humo por todas partes... pero no hay nada. Todo está en orden. El problema no es un incendio: el problema es que el botón de pánico se quedó trabado.

Eso es exactamente la ansiedad. No es un defecto de carácter, ni debilidad, ni señal de que algo está mal en ti. Es un sistema de defensa brillante que, sencillamente, se equivocó de momento.

La ansiedad no viene en un solo formato. 

A veces aparece como miedo paralizante a interactuar con otros, otras como preocupación constante por el futuro, o como un ataque de pánico que te hace sentir que el aire no alcanza, que estás muriendo o enloqueciendo, con deseos de huir ó una explosión de llanto incontrolable. Pero más allá de su forma, entender cómo funciona es el primer paso para apagar el ruido. Pues sí, efectivamente se puede apagar.

Los "falsos amigos": alcohol y marihuana.

Cuando vives con esa alarma sonando las 24 horas, es natural buscar un interruptor. Ahí aparecen las trampas más comunes.

Muchas personas recurren a una copa de vino para bajar las revoluciones. El problema es que el alcohol miente: relaja la primera hora, pero cuando el efecto pasa, la ansiedad regresa amplificada. Es un círculo vicioso que, si se descuida, arrastra consigo la depresión y un riesgo real de dependencia.
Con la marihuana ocurre algo muy parecido. Existe el mito de que es el ansiolítico natural por excelencia, pero el cannabis es una ruleta rusa. Su componente activo altera el sistema que el cerebro usa para regular el estrés. Al principio desconecta, pero con el tiempo hace que cualquier problema se sienta mucho más amenazante. Básicamente, aumenta la reacción que querías apagar.

El cuerpo bajo ataque sin que pase nada

¿Te han temblado las manos antes de hablar en público? ¿Has sentido un nudo en el estómago por un correo de trabajo? Tu cuerpo reacciona como si tuvieras un león enfrente.

Evolutivamente, estamos diseñados para sobrevivir amenazas físicas. El drama moderno es que ese mismo protocolo de emergencia se activa para pagar facturas, rendir un examen o responder un mensaje de WhatsApp.

La trampa mental en la que todos podemos caer

El cerebro ansioso es experto en tres cosas: ver peligro donde solo hay incertidumbre, convencerte de que no podrás soportarlo e ignorar por completo cualquier señal de que todo está bien.
Para aliviar ese malestar, empezamos a evitar situaciones. Cancelas la reunión, dejas la llamada para después, rumias el mismo pensamiento buscando una solución perfecta que no existe. El alivio es inmediato, pero el mensaje que le mandas a tu cerebro es devastador: "Tenías razón, era peligroso". Así la alarma se vuelve cada vez más sensible.

El interruptor se puede reparar

Si te sentiste identificado, respira. Tu cerebro no está roto, solo está funcionando demasiado rápido, de forma muy sensible e hiperactiva.

Aunque la genética, la personalidad o las experiencias difíciles te hayan hecho más propenso a encender esa alarma, nada está escrito en piedra. La terapia psicológica te enseña a interrumpir esos patrones automáticos, y el apoyo médico complementa ese trabajo cuando es necesario. No tienes que acostumbrarte al ruido. Pide ayuda a tiempo, esto no es rendirse: es empezar a tomar el control.

Psicólogo J. Abraham Salazar Correa.
www.suterapia.cl 

miércoles, 24 de junio de 2026

Miedo y ansiedad, dos experiencias que pueden ser confundidas.


Es muy común que las personas que sufren algún trastorno de ansiedad confundan miedo y ansiedad. Es comprensible la confusión, ambas experiencias se sienten en el cuerpo, ambas incomodan, y ambas, pueden generar deseo de huir. 

Una de las cosas importantes a elaborar al respecto en el trabajo psicológico, es que son experiencias profundamente distintas, entender esa diferencia puede cambiar mucho la forma de relacionarnos con lo que sentimos

El miedo es una emoción antigua y necesaria que tenemos los seres humanos. Aparece cuando percibimos un peligro concreto frente a nosotros y su función es clara: nos prepara para reaccionar, ya sea enfrentando la amenaza o alejándonos de ella. El miedo es inmediato, intenso y desaparece cuando desaparece la amenaza. En ese sentido, el miedo es sano, necesario y útil para sobrevivir.

La ansiedad, en cambio, no necesita un peligro real para aparecer. Vive en escenarios que construimos en nuestra mente antes de que ocurran, y que quizás, nunca ocurrirán. Es como una voz interna que pregunta constantemente: ¿y si me va mal en el trabajo?, ¿y si me enfermo?, ¿y si pierdo el control en público?, ¿y si no soy suficiente?

A diferencia del miedo, la ansiedad puede permanecer sin un estímulo externo concreto. Puede convertirse en un estado casi permanente de alerta, tensión, de espera ante algo que no llega. Y eso, con el tiempo, genera un inmenso desgaste.

Lo más importante es que sentir miedo o ansiedad en momentos puntuales es completamente normal. Son experiencias humanas. Sin embargo, hay señales que indican en consulta, cuando los pensamientos sobre el peligro no corresponden con estímulos objetivos. Cuando la mente interpreta como amenazante algo que, no necesariamente, no lo es. Esto, a menudo va de la mano con la interferencia que empieza generar la ansiedad en la vida amorosa y laboral de los consultantes. Llega un momento en que ya no pueden disfrutar ni siquiera de las cosas más simples de la vida cotidiana. Otra característica de la ansiedad es que es persistente, es decir, está presente todo el día, constituyéndose en un problema para la salud mental. En algunos casos la ansiedad puede llegar a manifestarse de forma súbita, impredecible y muy interesa, generando crisis de pánico. Estas crisis aparecen sin ningún motivo aparente que las explique. Es frecuente que estos fenómenos estén acompañados de hipersensibilidad. Es decir, cuando situaciones que para la mayoría son cotidianas e inofensivas generan en el afectado de un trastorno de ansiedad, muchas veces con crisis de angustia, una reacción intensa y difícil de manejar.

Lo más importante es que si sufres de un trastorno de ansiedad, debes recordar que es un fenómeno complejo. No estás exagerando. No estás loco ni loca. Lo que sientes tiene nombre, tiene explicación y, lo más importante, tiene tratamiento.

Reconocer la diferencia entre un miedo normal y una ansiedad que ya te está limitando es el primer paso. El segundo es no cargarlo solo. Pedir ayuda es una decisión valiente e inteligente, el inicio de un tratamiento positivo.

Buscar ayuda es el primer paso pues, en general estos problemas tienen buen pronóstico cuando los tratas con la asesoría profesional pertinente. 

J. Abraham Salazar Correa 
Psicólogo 
www.suterapia.cl 

lunes, 22 de junio de 2026

¿Por qué es importante que no hables del tratamiento con otros?


Hay algo que suelo mencionar en las primeras sesiones de trabajo terapéutico y que creo, merece una explicación más profunda, en especial para quienes no han participado de un trabajo de terapia psicológica. Aclaro que esto es válido para mi enfoque de trabajo. 

Cuando algo nos duele, la primera respuesta natural es contárselo a alguien. A una amiga, a un familiar, a la pareja. Y eso tiene sentido: las palabras alivian. Nombrar lo que nos pasa reduce, aunque sea por un momento, el peso de cargarlo solos.

Pero justamente ahí aparece algo interesante.
Ese alivio, tan humano y tan comprensible, puede volverse un obstáculo silencioso dentro del proceso terapéutico. Cuando descargamos afuera lo que sentimos, el malestar baja. Y es ese malestar —sostenido, no evadido— el que abre la puerta a lo que realmente necesita ser trabajado en sesión.
La terapia no es un espacio para hablar sobre el dolor desde una distancia segura. Es un espacio para encontrarse con él, acompañado, y poder elaborarlo. Esa es la diferencia medular entre desahogarse y sanar.

Cuando un paciente habla extensamente de su proceso con personas cercanas, muchas veces llega a la consulta con menos urgencia, menos presión interna. Y paradójicamente, con menos material disponible para trabajar. El contenido más relevante ya fue dicho, pero no fue elaborado. Salió, pero no transformó nada.

Por eso te pido reserva. No como una regla arbitraria, sino como una condición que cuida el proceso. Lo que ocurre en este espacio tiene un valor particular, precisamente porque aquí sí hay un lugar para sostenerlo y atravesarlo.

Guardar ese espacio es, también, una forma de cuidarte.

Psicólogo Jorge Salazar 
www.suterapia.cl 

lunes, 15 de junio de 2026

Trastorno antisocial de la personalidad, romper las reglas y generar sufrimiento


Existen algunas personas que parecen moverse por la vida con sus propias reglas. Que usan a otros sin aparente remordimiento y que difícilmente parecen afectadas por el daño que generan. Una característica fundamentales es que sus interacciones sociales son marcadamente distintas. 

El trastorno antisocial de la personalidad, no se trata de "maldad" en el sentido moral tradicional, es más bien una forma de funcionamiento psicológico relacionadas a una historia, lógica interna y, sobre todo, con un tratamiento profesional adecuado disponible.

Quienes lo padecen muestran una marcada dificultad para ponerse en el lugar del otro. No se trata solo de no sentir lo que el otro siente, en algunos casos ni siquiera es posible procesarlo racionalmente. El impacto que sus acciones generan en los demás simplemente no ocupa un lugar relevante en su toma de decisiones. Lo que guía su conducta es, con frecuencia, la búsqueda de satisfacción inmediata, sin que las consecuencias —para ellos o para otros— actúen como un freno real.

Lo que es posible observar desde afuera es —la impulsividad, la tendencia a ignorar acuerdos, a actuar sin considerar el impacto en otros o a reaccionar de forma distinta a la expectativa cultural. 

Detrás de estas personas puede existir historias de infancia marcadas por el maltrato, la inconsistencia afectiva severa o entornos donde la supervivencia exigía desconectarse del dolor propio y del ajeno. El niño aprendió: "confiar es peligroso, y las reglas no me protegen."

Es importante no confundir este trastorno con la simple delincuencia o con la crueldad consciente. Lo que lo define es un patrón estable y profundo de funcionamiento, no actos aislados, y comprender eso es clave tanto para quienes lo rodean como para los propios sistemas de salud y justicia.

El abordaje terapéutico es posible, aunque complejo. La motivación para cambiar suele ser el principal obstáculo, dado que el sufrimiento que genera este trastorno recae más en el entorno que en la propia persona. Cuando existe disposición genuina, la terapia psicológica puede generar cambios significativos, siempre dentro de un proceso sostenido en el tiempo.

Si reconoces estos patrones en alguien cercano, o incluso en ti mismo, el primer paso es consultar con un profesional de salud mental para una evaluación con psicodiagnóstico clínico que permita comprender qué está ocurriendo y trazar un camino terapéutico adecuado.

Psicólogo Jorge Salazar 



domingo, 14 de junio de 2026

¿Teatral o herido? Más allá de las apariencias

Hay personas que parecen necesitar ser siempre el centro de atención. Con ese objetivo pueden llegar a interponerse en relaciones o estructuras sociales establecidas, arriesgando su integridad en la persecución de ese fin. Cuando estas personas sufren un trastorno histriónico de la personalidad, no actúan con maldad, sino porque, en el fondo, sienten que si no son vistas, dejan de existir. 

Quienes lo padecen buscan de manera constante la atención y aprobación de los demás. Sus emociones son intensas, cambiantes y, a veces, desproporcionadas frente a la situación. Una pequeña crítica puede sentirse como un rechazo total; un cumplido, como la confirmación de que valen.
Lo que suele verse desde afuera —la teatralidad, la seducción, el dramatismo— no es un capricho ni una manipulación consciente. Es más bien la principal manera que tienen para conectar con el mundo y consigo mismos.

Este trastorno tiene raíces profundas, generalmente en historias de infancia donde el afecto era impredecible o condicionado. El niño aprendió: "para que me quieran, debo brillar."

La buena noticia es que con terapia psicológica es posible construir una identidad más estable, relaciones más auténticas y una forma de estar en el mundo que no dependa exclusivamente de la mirada o reconocimiento ajeno.

Si reconoces estos patrones en ti o en alguien cercano, consultar con un profesional de salud mental es el primer paso.

Psicólogo Jorge Salazar.



viernes, 12 de junio de 2026

La persecución a profesionales de la salud que requieren extender licencias médicas.

En Chile, las licencias médicas por salud mental se han transformado casi en sospechosas por defecto. Basta que un trabajador presente una licencia para que se active una mirada fiscalizadora que, muchas veces, pone en duda el criterio del profesional que la extendió. El problema es que cuando se presiona a quienes tienen la formación y la responsabilidad de realizar las indicaciones, no solo se está cuestionando su trabajo, se está jugando con algo mucho más delicado, la salud de las personas. 
En un país donde los índices de depresión, ansiedad y suicidio no dejan de crecer, vale la pena detenerse a pensar qué estamos realmente resguardando cuando generamos prejuicios en lugar de examinar criteriosamiente cada caso.
Dificultar que el profesional sanitario indique reposo puede agravar el estrés y burnout, retrasa la recuperación, aumenta el riesgo de crisis agudas (ansiedad, depresión, ideación suicida), fomenta el presentismo con bajo rendimiento, deteriora la relación médico-paciente y estigmatiza los trastornos mentales al negarles una herramienta terapéutica necesaria frente a enfermedades de salud mental.
Amedrentar y perseguir a los profesionales sanitarios, dificultando la indicación de reposo y extensión de licencia médica, en definitiva es un daño a la salud de la población. Las fiscalizaciones de deben realizar atendiendo el mérito de cada caso, sin generar un prejuicio sobre los profesionales, ni una persecución del ejercicio de las medidas terapéuticas.
Chile sufre una crisis importante con índices elevados de depresión, suicidios, estrés y trastornos ansiosos, es el momento menos oportuno para dificultar el ejercicio del profesional de salud. Las problemáticas de salud mental, están costando valiosas vidas de ciudadanos. No debemos olvidar que la vida y la salud son lo fundamental, lo demás es secundario.

Psicólogo Jorge Salazar 
www.suterapia.cl 

viernes, 5 de junio de 2026

La inteligencia artificial y sus límites.

Yo demostrado la incapacidad de una inteligencia artificial para ser terapeuta. No podrían servir para ser terapéutas. Ya han generado resultados fatales.




sábado, 25 de abril de 2026

Para comprender la conducta de las masas.

Por el Psicólogo Jorge Salazar. www.suterapia.cl 

Los grupos numerosos tienden a experimentar procesos regresivos que se manifiestan en comportamientos de carácter infantil. Le Bon (1895) sostiene que la regresión psicológica de los grandes grupos humanos se caracteriza por una pérdida de la identidad individual, el debilitamiento o desaparición del sentido de la realidad y el fomento del pensamiento mágico. En este estado, las personas en masa tienden a perder su racionalidad individual, adoptando comportamientos, emociones y opiniones del grupo, lo que da lugar a acciones impulsivas y menos responsables (Le Bon, 1895). Freud (1921), por su parte, asimiló el funcionamiento de las masas a la infancia y a los estados neuróticos, señalando que la afectividad queda extraordinariamente intensificada mientras que la actividad intelectual se ve notablemente limitada. Esta perspectiva encuentra un complemento significativo en el pensamiento de Deleuze y Guattari (1972), quienes desde el esquizoanálisis sostienen que las masas pueden llegar a invertir el deseo inconsciente contra sus propios intereses, reproduciendo estructuras de dominación y sometimiento que las mantienen en una posición de dependencia y pasividad; a este tipo de colectivo lo denominaron "grupo sometido", en contraposición al "grupo-sujeto", capaz de orientar sus catexis libidinales hacia una transformación genuina de su realidad (Deleuze y Guattari, 1972). De este modo, el comportamiento infantil de las masas no es solo una pérdida espontánea de racionalidad, sino también, como señalan Deleuze y Guattari (1972), el resultado de una interiorización profunda de la represión que opera en escalones sucesivos desde el poder hasta los propios integrantes del colectivo. Frente a esta problemática, Freud (1921) ejemplificó la necesidad de la organización de las masas para asegurar su madurez y permanencia en el tiempo. Es necesario trabajo y establecimiento de normas que en conjunto con la experiencia de las masas le permitan prevenir la disolución e impedir alteraciones amenazantes, señalando así que la organización es la herramienta que permite encauzar y madurar al colectivo. No obstante, es fundamental reiterar que dicha madurez no se alcanza de manera inmediata. Este es un proceso que requiere acompañamiento y persistencia. Reconocer que pueden existir avances y retrocesos es tan importante, como lo es no perder la motivación, ni mucho menos, dirigir la hostilidad hacia las masas cuando, producto de la desorganización u otros factores, retroceden.


Referencias

Deleuze, G., y Guattari, F. (1972). El Anti-Edipo: capitalismo y esquizofrenia. Paidós.
Freud, S. (1921). Psicología de las masas y análisis del yo. Amorrortu.
Le Bon, G. (1895). Psicología de las masas. Morata.


domingo, 19 de abril de 2026

La violencia que no vemos. Una larga cadena.

Por Jorge Salazar / Psicólogo.

Cuando un joven de 15 años mata a un adulto, los titulares hablan de violencia escolar. Este hecho impactante y doloroso, debe llamarnos a la reflexión. Es un momento apropiado para formularnos algunas preguntas importantes: ¿Estamos ante violencia o ante agresión? ¿Es un acto espontáneo o una respuesta desesperada —primitiva, precaria— a un malestar que nadie quiso ver a tiempo?

Vale la pena detenerse aquí un momento.
Lo que ocurre en los colegios no es tan distinto de lo que sucede cada día en las calles de Chile. La diferencia más notable es que, dentro de los establecimientos educacionales, estos episodios son significativamente menos frecuentes, y eso se debe, en gran medida, al esfuerzo silencioso y sostenido de la comunidad docente, encabezada por nuestros profesores. Ellos logran sostener, muchas veces solos, lo que el sistema no logra contener.

Nuestra juventud es el último eslabón de una larga cadena —probablemente, el más frágil—. Una cadena tejida con desigualdad, discriminación, pobreza, falta de oportunidades, jornadas laborales que no dejan espacio para la vida, sueldos que no alcanzan y una sensación persistente de que el abuso y la indefensión son simplemente el estado natural de las cosas.

Anderson y Bushman (2002) nos recuerdan algo que, en el fondo, todos intuimos: el contexto social moldea profundamente las rutas que una persona transita. Buscar las causas de la agresividad juvenil nos obliga, entonces, a mirar hacia arriba en esa cadena. No solo hacia el joven que empuña un arma, sino hacia todo lo que lo llevó hasta ese momento.

Algunas cifras pueden ayudarnos a dimensionar lo que a veces las palabras no logran transmitir. Según la Defensoría de la Niñez (2025), entre 2000 y 2024 los fallecimientos de niños y adolescentes por armas de fuego aumentaron un 122% en Chile. Solo en 2024, 51 menores murieron a causa de disparos. No son estadísticas abstractas. Son vidas. Son familias. Son historias que terminaron demasiado pronto.
Frente a esto, hay quienes sostienen que el Estado llegó tarde. Quizás la pregunta más honesta sea otra: ¿en qué rol llegó? Porque si miramos con cuidado, el Estado estuvo presente desde temprano —pero demasiadas veces lo hizo como agente de exclusión, de desigualdad, de una distribución de la riqueza que concentra mucho en pocas manos y deja poco, o nada, para los que más lo necesitan.
La psicología social lleva décadas señalando algo incómodo pero necesario: la violencia no nace de la maldad individual. Nace de las condiciones que la hacen posible, incluso inevitable.

Bandura (1977) demostró que aprendemos observando. Un niño que crece viendo la violencia como la forma más eficaz de resolver conflictos, de competir, de acceder al poder, terminará recurriendo a la agresión como norma. No porque sea malo, sino porque aprendió lo que su entorno le enseñó. Berkowitz (1993), por su parte, identificó que estímulos como la pobreza, el hacinamiento y la exclusión generan una activación emocional crónica que hace mucho más probable la conducta agresiva. Chile, lamentablemente, reúne todos esos ingredientes.

Y aquí aparece algo que nos invita a una reflexión honesta: el tiempo de vida en familia se ha visto profundamente erosionado por jornadas laborales interminables y salarios que no dan para mucho más que sobrevivir. En ese escenario, pedirle a los padres que sean el principal agente educativo se vuelve, además de injusto, casi imposible. No porque no quieran, sino porque el sistema no les deja espacio y medios (acceso a especialistas) para hacerlo.

Entonces, ¿qué modelos quedan disponibles para muchos jóvenes? Las armas como símbolo de poder y respeto. El narcotráfico como camino hacia los bienes que la sociedad exhibe como deseables pero niega como alcanzables. La corrupción y el amiguismo como los mecanismos reales —no los del discurso— de movilidad y poder. Los jóvenes no aprenden de lo que se les predica. Aprenden de lo que ven. Y lo que ven contradice, día a día, cada relato sobre el mérito y el esfuerzo.

Lo que el crimen organizado les ofrece no es misterioso: identidad, protección, ingresos, pertenencia, un lugar en el mundo. Todo aquello que debería garantizar una sociedad justa y no lo hace.

Romper este ciclo no pasa por poner más carabineros en las esquinas, instalar detectores de metales o aplicar medidas que vulneren la privacidad y la identidad en formación de nuestros jóvenes. Eso no es una solución; es profundizar el problema, es más de lo mismo.

Lo que se necesita es más difícil, pero también más real: intervención temprana, un Estado que esté presente de manera genuina y benefactora, vías concretas de realización para quienes han sido excluidos, y acceso efectivo a salud mental. Nada de esto es responsabilidad exclusiva de los profesores, ni de los padres a quienes el sistema ha dejado con poco margen. Es un problema estructural, y como tal, requiere respuestas estructurales.

Cada joven que llega a convertirse en victimario nos está diciendo algo. Nos dice que algo falló antes, mucho antes, y en un lugar mucho más alto que el colegio o el barrio donde ocurrió el hecho. Nos dice que el modelo que concentra el poder y la riqueza en pocas manos no solo es injusto: es frágil. Y que al sostener las condiciones que producen esta violencia, ese modelo está generando, lentamente, las condiciones de su propio fin.
Quizás ese sea el dato más importante de todos. Y el que menos aparece en los titulares.


Psicólogo Jorge Salazar.
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Referencias
Anderson, C. A., & Bushman, B. J. (2002). Human aggression. Annual Review of Psychology, 53(1), 27–51. https://doi.org/10.1146/annurev.psych.53.100901.135231
Bandura, A. (1977). Social learning theory. Prentice Hall.
Berkowitz, L. (1993). Aggression: Its causes, consequences, and control. McGraw-Hill.
Defensoría de la Niñez. (2025). Diagnóstico 2025: Entornos violentos que viven niños, niñas y adolescentes en Chile. https://www.defensorianinez.cl
UNICEF Chile. (2024). Niveles de violencia hacia niños, niñas y adolescentes por parte de sus cuidadores principales [Comunicado de prensa]. https://www.unicef.org/chile

miércoles, 15 de abril de 2026

¿Agresividad o violencia escolar y juvenil?

Si comprendemos la diferencia entre los conceptos de agresividad y violencia, entenderemos que los estudiantes chilenos están respondiendo con agresividad a la violencia que se ejerce en su contra.

Los estudiantes no tienen poder en Chile. Para ejercer violencia se requiere tener poder sobre la víctima, y tanto poder que la obligue a depender del victimario, de quien ejerce esa violencia. La agresividad, en cambio, es una respuesta animal, natural, congénita y adaptativa, necesaria para sobrevivir, competir y enfrentar amenazas.

Una manifestación de este fenómeno es que los jóvenes buscan defenderse de la violencia apropiándose de elementos asociados al poder y, por tanto, a la violencia misma. Me refiero específicamente a armas de fuego, incendiarias, cortantes, entre otras. Estos son instrumentos identificados con el poder. Quienes tienen el poder en Chile tienen armas a su servicio; igualmente, quienes tienen el poder en Chile tienen dinero. Los estudiantes no pertenecen a ese grupo, pues los verdaderos violentos —para ser precisos con el concepto— son otros: son otros quienes poseen las armas y el dinero en Chile.

En cuanto al dinero como atributo de quienes detentan el poder, no es sorprendente que los estudiantes y jóvenes lo busquen con igual agresividad. En pos de ese símbolo —el dinero, asociado por los jóvenes al poder—, pueden llegar fácilmente a convertirse en traficantes, ladrones o a prostituirse. Estos son fenómenos cada vez más frecuentes.

En relación con las medidas para solucionar el problema:

¿De qué sirven los detectores de metales y el registro de las pertenencias personales de jóvenes que no tienen poder? Sirven para recordarles violentamente que carecen de ese poder y que están obligados a soportar la violación de su privacidad e intimidad. Frente a esta violencia, la reacción de los jóvenes bien podría ser contraria a la esperada: es decir, mayor agresividad, esa respuesta natural, instintiva y animal ante quienes, detentando el poder, lo ejercen contra ellos, sabiendo que dichos jóvenes dependen precisamente de quienes los violentan. En rigor, esto sí es violencia, si atendemos con precisión al concepto de violencia.

En conclusión, es incorrecto hablar de la violencia de los jóvenes. Lo correcto es hablar de la agresividad con que los jóvenes buscan defenderse de la violencia que reciben, toda vez que la violencia exige que quien la ejerce tenga el poder y lo utilice contra quien está tan despojado de él que se ve obligado a depender de su propio verdugo.

Según lo anterior, ¿cuál le parece a usted una manera apropiada de enfrentar la problemática de la agresividad estudiantil?

sábado, 4 de abril de 2026

La envidia según la psicoanalista Melanie Klein.

La psicoanalista Melanie Klein nos dejó interesantes y profundas reflexiones sobre la envidia. La envidia es mucho más oscura de lo que parece: es el deseo de arruinar aquello que se admira, precisamente porque el otro lo posee y nosotros no.
La envidia no busca igualar al otro, ni inspirarse a partir de sus logros. Implica la destrucción de lo que admiramos, de lo que deseamos, de lo que nos moviliza. En el fondo, de lo que nos motiva. Es una especie de autoagresión. Ahí radica su mayor tragedia.
Según Klein, quien envidia no tolera que algo valioso exista fuera, y entonces lo devalúa, lo sabotea, lo mancha con críticas, menosprecio y arrogancia. En definitiva, quien envidia, no obtiene ninguna ganancia. Queda con las manos vacías, desencantado, rencoroso y con el dolor secundario a la autoagresión.
Otro aspecto triste de la envidia, es que la envidia nos aísla. Nos impide agradecer, admirar sanamente y vincularnos con los demás desde un lugar genuino. Convierte cada logro ajeno en una herida propia.
Klein señaló que la envidia genera una culpa corrosiva. Quien envidia sabe que ha deseado el mal del otro, y eso genera un agobio, pesa, aunque no siempre sea reconocido.
Lo más triste es que la envidia, es una forma de sufrimiento silencioso. Quien envidia no disfruta de su propia vida; está ocupado destruyendo su propia motivación, mirando la vida del otro con resentimiento.
La invitación es a reflexionar, mirar hacia adentro, con honestidad. Reconocer la envidia puede ser el primer paso del camino a la libertad. 

Psicólogo Jorge Salazar
www.suterapia.cl 

martes, 13 de enero de 2026

Reflexión: Psicología y comportamiento de las masas en Chile.


Centena de psicólogos han investigado y reflexionado acerca de la conducta de los grupos y de las masas. 

Por mi parte, me cuento solo como uno de los 80 mil psicólogos con que cuenta la población chilena de 19,9 millones de habitantes. 

Somos expertos en la conducta individual, grupal y de las masas. Sin embargo, al parecer, no ha sido requerido nuestro conocimiento para fomentar y favorecer el curso del desarrollo de la población chilena. Los psicólogos conocemos la importancia de la escucha, la educación, la reflexión y la interpretación de las conductas humanas.

De forma que sabemos que cuando las masas sienten que no son escuchadas, perciben una amenaza, en tanto no se las considera en las decisiones del estado. 

Las decisiones del estado son sentidas como amenazantes, produciendo un aumento de la sensación de inseguridad y temor frente a dichas decisiones, que consecuentemente, debilita la capacidad organizativa de la población, obligándola a retroceder en su progreso.

La situación anterior, favorece la búsqueda y adhesión a líderes paternalistas, iluminados y autoritarios. 

Verdaderos dictadores que, aparentando fuerza y severidad, prometen restablecer el control frente a una crisis percibida como emergencia. Sin embargo, este problema sólo puede resolverse mediante la devolución de la responsabilidad y del liderazgo nacional a los ciudadanos.

No se trata únicamente de recursos económicos. El dinero y su distribución deben asumirse como una base mínima, obvia, supuesta e insoslayable. Lo más esencial es que la población se sienta incluida y partícipe del progreso del Estado. Es necesario delegar poder real a los ciudadanos para fortalecer su sensación de seguridad, al reconocer en los hechos cotidianos su participación en la construcción del estado. 

Alcanzar que los ciudadanos comprobemos, día a día, que el Estado nos pertenece y es conducido por nosotros mismos, constituye la meta aún pendiente hacia ese objetivo —la instauración de un régimen verdaderamente participativo que supere la democracia tal como hoy la entendemos—. Esta es la labor hacia dónde deben orientarse los esfuerzos colectivos de la población y sus representantes.

Jorge Salazar Correa
Psicólogo. 
www.suterapia.cl 

domingo, 11 de enero de 2026

El nacimiento de una disciplina.


El artículo “La liberación de las locas: La dignidad por la palabra en Freud” (Ávila Castillo & Ovalle Valdés, 2021) traza la transición desde la histeria exhibida en la Salpêtrière hasta el psicoanálisis freudiano. De espectáculos médicos a la abreacción, como descarga catártica de afectos reprimidos mediante el recuerdo verbal consciente. Este transcurso implica dignificar la voz femenina reprimida. Un hito ético en la psicología.

El artículo “La liberación de las locas: La dignidad por la palabra en Freud”, publicado en la Revista Gradiva N°2 de 2021 (disponible en 2022), de la Sociedad Chilena de Psicoanálisis (ICHPA), explora la evolución del tratamiento de la histeria hasta el psicoanálisis, valorando la palabra de las pacientes. Sus autores: Valeria Ávila Castillo y Christian Ovalle Valdés. Recorren desde los espectáculos en la Salpêtrière hasta la abreacción freudiana .

De "locas" enjauladas a voces libres: Freud y la revolución de la palabra. 

Imagina la Salpêtrière en el París del siglo XIX: un viejo convento transformado en cárcel para mujeres marginadas, como prostitutas, epilépticas y pobres sin recursos. Allí, Jean-Martin Charcot, conocido como el "Napoleón de la neurología", las convertía en protagonistas de un espectáculo siniestro.

El espectáculo de las histéricas.

Charcot las hipnotizaba para desencadenar "crisis" dramáticas: convulsiones y poses apasionadas. Las fotografiaba desnudas, expuestas como curiosidades ante médicos y la alta sociedad, casi como animales en un circo. Su cuerpo en agonía era el centro de atención, pero sus palabras... nadie las escuchaba. ¿Esto era ciencia o un simple morbo disfrazado? ​

Freud escucha de verdad.

Sigmund Freud visitó ese lugar y decidió ir más allá. Junto a Josef Breuer, en Estudios sobre la histeria (1895), creó la abreacción: la paciente revive sus traumas y libera emociones reprimidas simplemente hablando libremente. Basta de hipnosis clásica autoritaria; ahora, su propia voz era la cura. La palabra, por fin, devolvía dignidad. 

Una lección generalizable.

Aquí en Chile, el artículo de la Revista Gradiva (2021) trae la reflexión histórica a nuestra realidad: Debemos aún pasar de silenciar voces a escucharlas de verdad. Ávila Castillo y Ovalle Valdés nos preguntan: ¿hoy oímos el dolor de los excluidos como lo hizo Freud? Un giro ético que resuena fuerte .
¡Comparte si te hace repensar cómo tratamos la salud mental hoy en día!


Referencias APA

Ávila Castillo, V., & Ovalle Valdés, C. (2021). La liberación de las locas: La dignidad por la palabra en Freud. Revista Gradiva, (2), 1-20. 
https://gradiva.cl/wp-content/uploads/2023/08/Gradiva_2021-N2.pdf
Freud, S., & Breuer, J. (1895). Estudios sobre la histeria. Amorrortu Editores .
BBC Mundo. (2021, mayo 29). “El teatro de las locas”: el oscuro experimento de los inicios de la psiquiatría. 
https://www.bbc.com/mundo/noticias-57160451
 

martes, 30 de diciembre de 2025

La perversión del voyeurismo, psicología conductual y cognitivo-conductual.

Entrar a una sala de espejos, utilizada para formación y trabajo de terapeutas de orientación conductista, cognitiva o cognitivo-conductual, es ingresar a un juego de reflejos infinitos.
Una sala espejo o cámara Gesell es un espacio con dos habitaciones separadas por un espejo unidireccional, que permite observar y grabar conductas sin que las personas observadas perciban al observador. 
En este contexto, cada movimiento se multiplica, cada gesto se devuelve distorsionado, y uno se ve atrapado en una mirada sin salida. Este espacio, aparentemente lúdico, puede ser leído desde la psicología como una metáfora del deseo de verse y ser visto, propio de la estructura perversa, psicopática ó asociada a los trastornos de la personalidad, específicamente al voyeurismo.
El voyeurismo, entendido como la excitación o satisfacción obtenida al observar sin ser descubierto, habla del poder de la mirada como forma de dominación y control. En el espejo, el sujeto se enfrenta a su propia imagen, pero lo que busca no es tanto el reconocimiento, sino la sensación de observar “desde afuera” lo que, supone, le pertenece. Así, el espejo se convierte en escenario y trampa: ofrece la ilusión de dominio cuando, en realidad, devuelve al sujeto su dependencia de la mirada ajena.
En una sala de espejos, el voyeur contemporáneo no necesita otro cuerpo; bastan su reflejo y la multiplicación de imágenes que lo contemplan desde todos los ángulos. Esta experiencia revela el carácter narcisista del voyeurismo moderno, donde el objeto del deseo se confunde con el propio yo. La frontera, el límite, entre mirar y ser mirado se difumina, mostrando que el otro, en última instancia, también habita dentro del observador.
La proliferación de pantallas, selfies y redes sociales ha trasladado esta sala de espejos al espacio digital. Hoy, todos participamos del juego voyeurista: exhibimos, miramos, ocultamos. Quizás, como en los viejos laberintos de espejos, nuestra mayor amenaza no sea perdernos entre los reflejos, sino olvidar cuál de ellos somos realmente. 
Este complejo fenómeno es uno de los muchos tratables por la psicología, en el que los terapeutas profesionales podemos servir en el camino a la salud y el bienestar. 

Jorge Abraham Salazar.
Psicólogo 


martes, 16 de diciembre de 2025

La desesperanza aprendida, un obstáculo que nos dificulta avanzar.

Es frecuente observar personas que, pese a tener recursos intelectuales y un sincero deseo de mejorar, se sienten atrapadas en una sensación de impotencia. Expresiones como “de nada sirve intentarlo” o “siempre termino igual” son algunas de las ideas que repiten en sus relatos y que se dejan ver tras sus acciones. Este fenómeno no es espontáneo y muchas veces responde a una historia de violencia. Es el eco de la desesperanza aprendida, un concepto que explica por qué a veces dejamos de luchar, rindiendonos incluso cuando todavía hay posibilidades de cambio.
En el dominio de la psicología el término fue acuñado por Martin Seligman, quien descubrió en sus investigaciones que cuando una persona o animal, enfrenta repetidamente situaciones dolorosas o frustrantes sin poder controlarlas, termina creyendo que ningún esfuerzo hará diferencia. Lo preocupante es que esa creencia puede mantenerse incluso cuando las condiciones ya cambiaron y la persona sí podría actuar para mejorar su vida. De forma que haber sufrido violencia, es decir agresión de alguien poderoso de quien dependemos, deja esta incapacidad de ser dueños de nosotros mismos. Se construye, de esta forma, un obstáculo persistente al desarrollo personal.
En terapia, la desesperanza aprendida se manifiesta en pensamientos automáticos e incontrolables de fracaso, resignación o apatía. Es un enemigo del progreso al lesionar la capacidad de motivación y distorsionar la percepción de control. En este estado, el afectado puede dejar pasar buenas oportunidades y descuidar su posibilidad de superación. El convencimiento de que fracasarán se constituye en un ciclo difícil de superar sin tratamiento profesional paciente y consistente. El proceso exige al paciente reflexionar y reaprender como las propias acciones sí importan, que cada decisión, por pequeña que parezca, contribuye a reparar un sentido de eficacia, retomar el poder sobre las circunstancias. Cada paso fortalece la confianza en la propia capacidad para influir en los resultados.
Si te reconoces en esta descripción, no se trata de falta de voluntad. Es una respuesta natural a experiencias difíciles. Pero también es algo que puede ser tratado con éxito. Reencontrar la esperanza y el poder de decidir y cambiar, es abrir la puerta a un caudal de posibilidades. Escribir una historia diferente a partir del presente.

Jorge Salazar 
Psicólogo. 
www.suterapia.cl