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martes, 7 de julio de 2026

Un silencio incómodo en Chile

En 2019 las calles fueron escenario de una inmensa movilización social. La denominada revuelta popular se configuró como un grito colectivo que sacudió al país entero. Hoy, en contraste, reina un silencio inquietante. ¿Se apagó el malestar? Probablemente no. Al parecer lo que cambió no es lo que sentimos, sino cómo lo expresamos.

Las encuestas muestran que vivimos uno de los momentos de mayor tensión desde el retorno a la democracia. Sin embargo, las avenidas están vacías. El desempleo, los escándalos políticos, la corrupción y las alzas de precios ya no logran movilizar multitudes. El malestar sigue ahí, pero se esconde bajo la superficie, se transforma en ansiedad, desesperanza, agresión, delincuencia y cinismo.

La salud mental de los chilenos está en riesgo. El estallido dejó heridas abiertas, y la pandemia profundizó ese desgaste emocional. Lo que antes se gritaba en la calle hoy se sufre en silencio, en la consulta psicológica o, peor aún, se canaliza en conductas destructivas e indeseables para la mayoría de la población.

Al parecer, no es que a los chilenos ya no nos importe. Es que muchos dudamos de que expresarlo sirva para algo. Así surge una sensación peligrosa: la impotencia, la creencia de que nada cambia el resultado. Y cuando una sociedad deja de confiar en que el cambio es posible, la esperanza se erosiona poco a poco, casi sin ruido, pero dramáticamente.

Este fenómeno no es solo político: es profundamente psicológico. Porque cuando la confianza y la esperanza se quiebran, lo que se resiente no es únicamente la democracia, sino también la motivación, la salud mental de millones de personas.

La gran pregunta sigue abierta: ¿cómo se reconstruye la esperanza colectiva? ¿Qué necesita una sociedad para volver a creer que sus acciones tienen sentido?

Chile vive un silencio que duele. Y ese dolor, si no encuentra una salida, puede convertirse en la herida más profunda de todas: la pérdida del deseo de mejorar en el futuro.

Psicólogo J. Abraham Salazar Correa
www.suterapia.cl 

sábado, 25 de abril de 2026

Para comprender la conducta de las masas.

Por el Psicólogo Jorge Salazar. www.suterapia.cl 

Los grupos numerosos tienden a experimentar procesos regresivos que se manifiestan en comportamientos de carácter infantil. Le Bon (1895) sostiene que la regresión psicológica de los grandes grupos humanos se caracteriza por una pérdida de la identidad individual, el debilitamiento o desaparición del sentido de la realidad y el fomento del pensamiento mágico. En este estado, las personas en masa tienden a perder su racionalidad individual, adoptando comportamientos, emociones y opiniones del grupo, lo que da lugar a acciones impulsivas y menos responsables (Le Bon, 1895). Freud (1921), por su parte, asimiló el funcionamiento de las masas a la infancia y a los estados neuróticos, señalando que la afectividad queda extraordinariamente intensificada mientras que la actividad intelectual se ve notablemente limitada. Esta perspectiva encuentra un complemento significativo en el pensamiento de Deleuze y Guattari (1972), quienes desde el esquizoanálisis sostienen que las masas pueden llegar a invertir el deseo inconsciente contra sus propios intereses, reproduciendo estructuras de dominación y sometimiento que las mantienen en una posición de dependencia y pasividad; a este tipo de colectivo lo denominaron "grupo sometido", en contraposición al "grupo-sujeto", capaz de orientar sus catexis libidinales hacia una transformación genuina de su realidad (Deleuze y Guattari, 1972). De este modo, el comportamiento infantil de las masas no es solo una pérdida espontánea de racionalidad, sino también, como señalan Deleuze y Guattari (1972), el resultado de una interiorización profunda de la represión que opera en escalones sucesivos desde el poder hasta los propios integrantes del colectivo. Frente a esta problemática, Freud (1921) ejemplificó la necesidad de la organización de las masas para asegurar su madurez y permanencia en el tiempo. Es necesario trabajo y establecimiento de normas que en conjunto con la experiencia de las masas le permitan prevenir la disolución e impedir alteraciones amenazantes, señalando así que la organización es la herramienta que permite encauzar y madurar al colectivo. No obstante, es fundamental reiterar que dicha madurez no se alcanza de manera inmediata. Este es un proceso que requiere acompañamiento y persistencia. Reconocer que pueden existir avances y retrocesos es tan importante, como lo es no perder la motivación, ni mucho menos, dirigir la hostilidad hacia las masas cuando, producto de la desorganización u otros factores, retroceden.


Referencias

Deleuze, G., y Guattari, F. (1972). El Anti-Edipo: capitalismo y esquizofrenia. Paidós.
Freud, S. (1921). Psicología de las masas y análisis del yo. Amorrortu.
Le Bon, G. (1895). Psicología de las masas. Morata.


martes, 13 de enero de 2026

Reflexión: Psicología y comportamiento de las masas en Chile.


Centena de psicólogos han investigado y reflexionado acerca de la conducta de los grupos y de las masas. 

Por mi parte, me cuento solo como uno de los 80 mil psicólogos con que cuenta la población chilena de 19,9 millones de habitantes. 

Somos expertos en la conducta individual, grupal y de las masas. Sin embargo, al parecer, no ha sido requerido nuestro conocimiento para fomentar y favorecer el curso del desarrollo de la población chilena. Los psicólogos conocemos la importancia de la escucha, la educación, la reflexión y la interpretación de las conductas humanas.

De forma que sabemos que cuando las masas sienten que no son escuchadas, perciben una amenaza, en tanto no se las considera en las decisiones del estado. 

Las decisiones del estado son sentidas como amenazantes, produciendo un aumento de la sensación de inseguridad y temor frente a dichas decisiones, que consecuentemente, debilita la capacidad organizativa de la población, obligándola a retroceder en su progreso.

La situación anterior, favorece la búsqueda y adhesión a líderes paternalistas, iluminados y autoritarios. 

Verdaderos dictadores que, aparentando fuerza y severidad, prometen restablecer el control frente a una crisis percibida como emergencia. Sin embargo, este problema sólo puede resolverse mediante la devolución de la responsabilidad y del liderazgo nacional a los ciudadanos.

No se trata únicamente de recursos económicos. El dinero y su distribución deben asumirse como una base mínima, obvia, supuesta e insoslayable. Lo más esencial es que la población se sienta incluida y partícipe del progreso del Estado. Es necesario delegar poder real a los ciudadanos para fortalecer su sensación de seguridad, al reconocer en los hechos cotidianos su participación en la construcción del estado. 

Alcanzar que los ciudadanos comprobemos, día a día, que el Estado nos pertenece y es conducido por nosotros mismos, constituye la meta aún pendiente hacia ese objetivo —la instauración de un régimen verdaderamente participativo que supere la democracia tal como hoy la entendemos—. Esta es la labor hacia dónde deben orientarse los esfuerzos colectivos de la población y sus representantes.

Jorge Salazar Correa
Psicólogo. 
www.suterapia.cl