Las encuestas muestran que vivimos uno de los momentos de mayor tensión desde el retorno a la democracia. Sin embargo, las avenidas están vacías. El desempleo, los escándalos políticos, la corrupción y las alzas de precios ya no logran movilizar multitudes. El malestar sigue ahí, pero se esconde bajo la superficie, se transforma en ansiedad, desesperanza, agresión, delincuencia y cinismo.
La salud mental de los chilenos está en riesgo. El estallido dejó heridas abiertas, y la pandemia profundizó ese desgaste emocional. Lo que antes se gritaba en la calle hoy se sufre en silencio, en la consulta psicológica o, peor aún, se canaliza en conductas destructivas e indeseables para la mayoría de la población.
Al parecer, no es que a los chilenos ya no nos importe. Es que muchos dudamos de que expresarlo sirva para algo. Así surge una sensación peligrosa: la impotencia, la creencia de que nada cambia el resultado. Y cuando una sociedad deja de confiar en que el cambio es posible, la esperanza se erosiona poco a poco, casi sin ruido, pero dramáticamente.
Este fenómeno no es solo político: es profundamente psicológico. Porque cuando la confianza y la esperanza se quiebran, lo que se resiente no es únicamente la democracia, sino también la motivación, la salud mental de millones de personas.
La gran pregunta sigue abierta: ¿cómo se reconstruye la esperanza colectiva? ¿Qué necesita una sociedad para volver a creer que sus acciones tienen sentido?
Chile vive un silencio que duele. Y ese dolor, si no encuentra una salida, puede convertirse en la herida más profunda de todas: la pérdida del deseo de mejorar en el futuro.
Psicólogo J. Abraham Salazar Correa
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