—Diego: Menos mal viniste. Ya pensaba que me ibas a dejar plantado otra vez.
—Roberto: La verdad... estuve a punto. No he tenido ganas de salir ni de ver a nadie.
—Diego: ¿No lo has pasado bien? ¿Qué ha estado pasando?
—Roberto: No sé... llevo meses sin trabajo, desde el episodio de acoso laboral por en que perdí el último. He debido recurrir a préstamos y ayuda para cubrir los gastos del día a día, siento que ya no encajo en ninguna parte. Me cuesta levantarme, tengo que hacerlo, pero lo hago sin ganas. A veces pienso que sería más fácil desaparecer...
Diego deja los cubiertos sobre la mesa y lo mira con atención.
—Diego: Gracias por contarme. Me preocupa escucharte hablar así. Sabes, somos amigos y ya tiempo me parece que estás muy lejano.
—Roberto: Hace unos días empecé a ordenar mis cosas. Recuerdas mi colección de animes favorita, te la quiero regalar.
Diego guarda silencio unos segundos antes de responder.
Cada año, cientos de personas fallecen por suicidio en Chile, lo que refuerza la importancia de reconocer las señales de alerta y promover la prevención, especialmente en adolescentes y personas mayores. Cambios bruscos en el estado de ánimo, aislamiento social, desesperanza persistente, hablar sobre querer morir o sentir que se es una carga, regalar pertenencias valiosas y despedirse de seres queridos son signos que requieren atención.
Entre los jóvenes, la impulsividad y las crisis emocionales pueden aumentar el riesgo. En las personas mayores, la soledad, las enfermedades crónicas y las pérdidas significativas son factores que también requieren una detección y apoyo oportunos.
Si bien el suicidio es un fenómeno complejo y multifactorial, las condiciones sociales y económicas pueden aumentar la vulnerabilidad de algunas personas. La cesantía, la pobreza, la inseguridad económica, la disminución de las redes y ayudas sociales, la competencia laboral exacerbada, así como el abuso, el acoso y el maltrato en el trabajo, pueden generar un elevado nivel de estrés, desesperanza y sensación de falta de alternativas, especialmente la ausencia de apoyo social.
Reconocer el impacto de estos determinantes permite comprender que la prevención del suicidio también requiere fortalecer las condiciones de vida, la protección social y los entornos laborales saludables.
La amistad, el buen trato, la interacción social y los espacios de ocio compartido pueden convertirse en importantes factores protectores frente al riesgo de suicidio. Una invitación a conversar, salir a caminar, compartir una comida o simplemente acompañar a alguien puede marcar una diferencia significativa, especialmente cuando la persona se ha aislado o atraviesa una crisis vital o emocional. Estos gestos pueden abrir una puerta para que quien está sufriendo se sienta escuchado, comprendido y dispuesto a aceptar apoyo. Generalmente el primer paso hacia la recuperación comienza con alguien que decide estar presente.
Psicólogo J. Abraham Salazar Correa
www.suterapia.cl
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