domingo, 19 de abril de 2026

La violencia que no vemos. Una larga cadena.

Por Jorge Salazar / Psicólogo.

Cuando un joven de 15 años mata a un adulto, los titulares hablan de violencia escolar. Este hecho impactante y doloroso, debe llamarnos a la reflexión. Es un momento apropiado para formularnos algunas preguntas importantes: ¿Estamos ante violencia o ante agresión? ¿Es un acto espontáneo o una respuesta desesperada —primitiva, precaria— a un malestar que nadie quiso ver a tiempo?

Vale la pena detenerse aquí un momento.
Lo que ocurre en los colegios no es tan distinto de lo que sucede cada día en las calles de Chile. La diferencia más notable es que, dentro de los establecimientos educacionales, estos episodios son significativamente menos frecuentes, y eso se debe, en gran medida, al esfuerzo silencioso y sostenido de la comunidad docente, encabezada por nuestros profesores. Ellos logran sostener, muchas veces solos, lo que el sistema no logra contener.

Nuestra juventud es el último eslabón de una larga cadena —probablemente, el más frágil—. Una cadena tejida con desigualdad, discriminación, pobreza, falta de oportunidades, jornadas laborales que no dejan espacio para la vida, sueldos que no alcanzan y una sensación persistente de que el abuso y la indefensión son simplemente el estado natural de las cosas.

Anderson y Bushman (2002) nos recuerdan algo que, en el fondo, todos intuimos: el contexto social moldea profundamente las rutas que una persona transita. Buscar las causas de la agresividad juvenil nos obliga, entonces, a mirar hacia arriba en esa cadena. No solo hacia el joven que empuña un arma, sino hacia todo lo que lo llevó hasta ese momento.

Algunas cifras pueden ayudarnos a dimensionar lo que a veces las palabras no logran transmitir. Según la Defensoría de la Niñez (2025), entre 2000 y 2024 los fallecimientos de niños y adolescentes por armas de fuego aumentaron un 122% en Chile. Solo en 2024, 51 menores murieron a causa de disparos. No son estadísticas abstractas. Son vidas. Son familias. Son historias que terminaron demasiado pronto.
Frente a esto, hay quienes sostienen que el Estado llegó tarde. Quizás la pregunta más honesta sea otra: ¿en qué rol llegó? Porque si miramos con cuidado, el Estado estuvo presente desde temprano —pero demasiadas veces lo hizo como agente de exclusión, de desigualdad, de una distribución de la riqueza que concentra mucho en pocas manos y deja poco, o nada, para los que más lo necesitan.
La psicología social lleva décadas señalando algo incómodo pero necesario: la violencia no nace de la maldad individual. Nace de las condiciones que la hacen posible, incluso inevitable.

Bandura (1977) demostró que aprendemos observando. Un niño que crece viendo la violencia como la forma más eficaz de resolver conflictos, de competir, de acceder al poder, terminará recurriendo a la agresión como norma. No porque sea malo, sino porque aprendió lo que su entorno le enseñó. Berkowitz (1993), por su parte, identificó que estímulos como la pobreza, el hacinamiento y la exclusión generan una activación emocional crónica que hace mucho más probable la conducta agresiva. Chile, lamentablemente, reúne todos esos ingredientes.

Y aquí aparece algo que nos invita a una reflexión honesta: el tiempo de vida en familia se ha visto profundamente erosionado por jornadas laborales interminables y salarios que no dan para mucho más que sobrevivir. En ese escenario, pedirle a los padres que sean el principal agente educativo se vuelve, además de injusto, casi imposible. No porque no quieran, sino porque el sistema no les deja espacio y medios (acceso a especialistas) para hacerlo.

Entonces, ¿qué modelos quedan disponibles para muchos jóvenes? Las armas como símbolo de poder y respeto. El narcotráfico como camino hacia los bienes que la sociedad exhibe como deseables pero niega como alcanzables. La corrupción y el amiguismo como los mecanismos reales —no los del discurso— de movilidad y poder. Los jóvenes no aprenden de lo que se les predica. Aprenden de lo que ven. Y lo que ven contradice, día a día, cada relato sobre el mérito y el esfuerzo.

Lo que el crimen organizado les ofrece no es misterioso: identidad, protección, ingresos, pertenencia, un lugar en el mundo. Todo aquello que debería garantizar una sociedad justa y no lo hace.

Romper este ciclo no pasa por poner más carabineros en las esquinas, instalar detectores de metales o aplicar medidas que vulneren la privacidad y la identidad en formación de nuestros jóvenes. Eso no es una solución; es profundizar el problema, es más de lo mismo.

Lo que se necesita es más difícil, pero también más real: intervención temprana, un Estado que esté presente de manera genuina y benefactora, vías concretas de realización para quienes han sido excluidos, y acceso efectivo a salud mental. Nada de esto es responsabilidad exclusiva de los profesores, ni de los padres a quienes el sistema ha dejado con poco margen. Es un problema estructural, y como tal, requiere respuestas estructurales.

Cada joven que llega a convertirse en victimario nos está diciendo algo. Nos dice que algo falló antes, mucho antes, y en un lugar mucho más alto que el colegio o el barrio donde ocurrió el hecho. Nos dice que el modelo que concentra el poder y la riqueza en pocas manos no solo es injusto: es frágil. Y que al sostener las condiciones que producen esta violencia, ese modelo está generando, lentamente, las condiciones de su propio fin.
Quizás ese sea el dato más importante de todos. Y el que menos aparece en los titulares.


Psicólogo Jorge Salazar.
www.suterapia.cl 



Referencias
Anderson, C. A., & Bushman, B. J. (2002). Human aggression. Annual Review of Psychology, 53(1), 27–51. https://doi.org/10.1146/annurev.psych.53.100901.135231
Bandura, A. (1977). Social learning theory. Prentice Hall.
Berkowitz, L. (1993). Aggression: Its causes, consequences, and control. McGraw-Hill.
Defensoría de la Niñez. (2025). Diagnóstico 2025: Entornos violentos que viven niños, niñas y adolescentes en Chile. https://www.defensorianinez.cl
UNICEF Chile. (2024). Niveles de violencia hacia niños, niñas y adolescentes por parte de sus cuidadores principales [Comunicado de prensa]. https://www.unicef.org/chile

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